Cuando abrí los ojos vi su pequeña nariz pálida olfateando mi pecho, con mirada curiosa y sorprendida giro a verme. De un salto se alejo y se coloco detrás de un maguey. Yo, aun mareado, no concebia el lugar donde me encontraba, parecía como los sembradios de las historias de infancia de mi abuela, tan nostálgico y distante. Antes de poder entrar en mis cinco sentidos, la pequeña figura en blanco y negro se acerco cauteloso a mi, comenzó a rodearme hasta que se sintió seguro. Entonces logre ponerme de pie y comencé a caminar hacia una pequeña casa de adobe que se divisaba detrás del monte tapizado de maguey. Pero mientras mas caminaba, el monte se hacia mas grande, mas difícil, infinito.
Comenece a correr sin mirar atrás y de entre los magueyes comenzaron a salir los recuerdos que creí haber perdido hace mucho; recuerdos de tus manos, de tus besos clavados en mi espalda, de las risas en el atardecer, el café de tu cocina; y caí de rodillas... El monte ahora era una montaña helada y los magueyes morían a mi alrededor. Volví a perder mis sentidos y la oscuridad se acercaba mientras caía de cara a la tierra. Y de pronto escuche un ladrido potente, fiero, valiente. Abrí los ojos y lo vi, blanco y negro, dispuesto a todo por salvar los retazos de mi alma.
La oscuridad se alejó con una risa tétrica como sabiendo que no sería su ultima oportunidad conmigo. Entonces el pequeño Xolotl se acerco a mi y me miró a los ojos. Detrás de el, la montaña volvía a ser solo un pequeño monte de magueyes y la casa de adobe se ponía a solo tres pasos de mi. Dentro, se podía oler café de olla y frijoles, tortillas y queso. Me levante aun débil y abrí la puerta...
Entonces volví. Estoy de vuelta.

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